Núremberg, la alquimia y Leibniz.

Hoy cumplo justo un mes en Alemania, recorriendo sus ciudades, sus pueblos sus paisajes, sus campos.

En Núremberg resulta curioso visitar el castillo imperial. Lo más interesante es la doble capilla románica (doppelkapelle) con alturas para cada clase social. En lo más alto, un espacio para la familia real (oberkapelle), y justo frente a ellos, en la dovela central del arco que presenta el altar mayor, una cabeza representa a Dios, por encima del cual no puede haber nadie. Me llamó mucho la atención cómo el guía te cuenta los mil detalles con los que engalanaron el lugar para una visita de Carlos V en 1521, que no se produjo hasta tiempo después. Los burgraves movilizaron a todos los artesanos locales para una gran reforma dedicada al futuro emperador, en gran parte financiada por la burguesía local. En todos los detalles se nota que a Carlos le importaba un bledo la ciudad y su gente. El monarca se limitó a pedir un pequeño oratorio en la zona más alta del castillo, donde mandó colocar un suelo radiante para evitar el frío del lugar. Los contados días que estuvo allí se sentaba frente a la amplia ventana que domina la estancia y veía toda la ciudad, con sus bosques colindantes. Núremberg y sus tierras eran una especie de capital no oficial del Sacro Imperio Romano Germánico, ya que guardaba los símbolos imperiales, los registros de la Dieta Imperial (Reichstag) y era la sede de los tribunales.

La casa de Durero es otro lugar que no se puede dejar pasar, pues es uno de los pocos edificios que se libraron de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Tuve la suerte de hacer la visita con amigos que son buenos conocedores de la historia local y te enseñan los más mínimos detalles de todo lo que estás viendo. Por ejemplo, cuando entramos en la cocina, nos explicaron la severísima normativa para estas estancias, así como para los oficios que utilizaban el fuego y hornos. Por ese motivo Núremberg nunca sufrió un incendio. Conservaba antes de las guerras mundiales muchas de sus construcciones medievales en madera, como casas, protecciones sobre la muralla y las torres, o las estructuras defensivas del castillo. Este aspecto daba al conjunto un tono sombrío y atávico.

El Germanisches Nationalmuseum es un lugar para recorrer despacio y en varios días. Hay miles de piezas de valor, pinturas, orfebrería, esculturas, instrumentos científicos. Muchas horas he pasado en su biblioteca y archivo, leyendo sus manuscritos sobre medicina y alquimia. Y es que aquí hasta en las bibliotecas de las parroquias de los pueblos te encuentras documentos alquímicos…

Paseamos a las orillas del río Pegnitz y estuvimos tres días en Hersbruck, en una tranquila casa de esta zona donde parece que nunca llega el verano, al menos tal y como entiende el verano un toledano como yo.

En Hersbruck visité a un matrimonio aficionado a la alquimia, que me enseñó con gran satisfacción su biblioteca privada y un laboratorio muy bien equipado. Ambos habían sido profesores de universidad y de instituto. Charlamos todas las tardes, hasta bien entrada la noche en el porche que da al jardín de su casa. Como casi todos los alquimistas contemporáneos, les fascina la alquimia renacentista y moderna. Él me hablaba de Sendivogius, Michael Maier, Johann Hartmann, Martin Ruland, Robert Fludd, Isaac Hollandus, Arthur Dee, Daniel Stolz von Stolzenberg, Elias Ashmole, Irenäus Philalethes, Johannes Kunckel, Helvetius, Setonius, Heinrich Wagnereck, Georg Honauer, Johann Müller von Mühlenfels, Christian Wilhelm von Krohnemann, Laskaris, Domenico Manuel Caetano, Wenzel Seiler, Johann Konrad Richthausen von Chaos, Sehfeld, Johann Hektor von Klettenberg, Otto Arnold Paykull. Ella estaba cautivada con los textos de Barbara von Cilli, Isabella Cortese, Anna von Dänemark, Marie Meurdrac, Dorothea Juliana Wallich, Rebecca Vaughan, Marie de Bachimont, Susanne von Klettenberg, Anne Marie von Ziegler, Margaret Russell, Sophie Brahe, Caterina Sforza, Leona Constantia, Sabine Stuart de Chevalier.

Charlamos mucho sobre el paso de la alquimia a la química, de las fronteras entre los alquímico y lo químico en los siglos XVII y XVIII, y de los protagonistas de esa etapa.

Hay gente que conoce la afición a la alquimia de Isaac Newton. Como siempre, los anglosajones colocan a sus grandes mitos por encima de lo demás y el idioma inglés se encarga de extenderlos como la pólvora. Pero el hecho es que muchos de los grandes racionalistas de la ciencia y la filosofía del siglo XVII practicaron alquimia. Robert Boyle, René Descartes, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz… Sí, Descartes, Spinoza y Leibniz, racionalistas que marcaron el umbral de la revolución científica.

Otro día hablaré sobre los demás, pero al estar en Núremberg le toca a Leibniz, quien formó parte de una sociedad alquímica local entre 1666 y 1667. Lo cuenta su secretario personal Eckhart en su biografía. También habla de las lecturas de tratados alquímicos y de la traducción que hizo de un texto de Basilio Valentino, por el que tenía gran admiración.

Desde finales de la década de 1670, varias correspondencias reflejan su interés. Hay un amplio intercambio epistolar con Schuller entre 1678 y 1695; o con Christian Philipp entre 1680-1682, a quien le pide descripciones de múltiples experiencias y entrevistas con sus protagonistas.

También es importante y significativa la correspondencia con Van Helmon, con quien se reúne por primera vez en 1671, manteniendo un intercambio frenético de cartas entre 1696 y 1698.

Otro ejemplo son sus cartas a Morell sobre el lenguaje químico, o sobre la idea sacada del laboratorio de que existe una fuerza a modo de esencia primitiva en cualquier substancia.

También hay cartas a Friedrich Hoffmann de 1699-1701, con reflexiones sobre el la naturaleza del fósforo, el espíritu de fuego, el vitriolo.

Ya mayor, en 1710, publicó su Oedipus Chymicus aenigmatis Graeci et Germanici dentro de las Miscellanea Berolinensia ad incrementum scientiarum. Es un texto donde queda claro que su interés por los saberes derivados de la alquimia siempre estuvo vivo.

Para entender a Leibniz, como a Descartes, Spinoza o Newton, hay que hacer historia sin los prejuicios de hace años respecto a estas disciplinas “esotéricas”, donde se interpretaban los hechos con un punto de vista extremadamente positivista, relativizando todo lo pasado con lo presente. Así se presentaba la alquimia leizbiniana como un error de juventud. Los trabajos más recientes de Eric Aiton, Allison Coudert, Anne Becco, Stuart Brown y Anne-Lise Rey ofrecen un punto de vista más contextualizado en el pensamiento de su tiempo.

La prácticas de laboratorio y las conclusiones que se extraían de ellas eran para Leibniz una “filosofía química”, una filosofía o conocimiento de la naturaleza que se revela sólo en las operaciones efectuadas en el laboratorio. Le permitían conocer los fundamentos físicos de los cuerpos, sus principios constituyentes y las condiciones por las que parecen regirse.

Lo que más atrae a estos hombres de la alquimia es el modelo de ciencia que destaca el valor de la experiencia. Por ejemplo, en su plan de creación de una academia o sociedad alemana de ciencias, Leibniz critica con dureza a la Académie Française, la Royal Academy de Londres o la Académie des Sciences de París por el objeto teórico de sus concepciones.  Según él, estas sociedades no deben perderse en cuestiones metafísicas, sino dedicarse a un estudio práctico, que tenga efectos en la sociedad, que asegure el bien común, la prosperidad y mejore la comodidad de las clases sociales. Su ejemplo para todo ello son los alquimistas:

Œuvres de Leibniz, éditées par L.-A. Foucher de Careil, Paris, Firmin Didot, Frères et Fils, 1875, tome VII, p. 85, §2 “…sans parler ici de l’imprimerie et de la poudre à canon, tout le monde m’accordera qu’aussi bien la chimie que la mécanique ont été élevées par les Allemands au degré où ils se trouvent. Aucune nation n’égalera la nôtre en fait de mines, il n’est pas étonnant que l’Allemagne ait été la mère de la chimie…”. Íd. §3 : “C’est des mines allemandes que les frères Basile, Isaac Hollandus, Theoph. Paracelsus ont recueilli leurs expériences, et comme les arabes ont à partir d’Avicenne leurs alchimistes, les Villanova, les Lulle, les Bacon, les Albert le Grand, ont ajouté à la pratique des ouvriers allemands plus de subtilité que de théorie fondée en expériences, ce sont eux qui ont produit la vraie chimie qui est montée à une telle perfection que tout le monde est d’avis maintenant que la plupart des fonctions intérieures de la nature et principalement du corps humain se font pour ainsi dire par des distillations, sublimés, précipités, ferments et réactions chimiques, et qu’aucun médecin sans aucune connaissance profonde de cette chimie philosophique ne peut observer la vraie méthode de guérir”.

Estos hombres pertenecen a un siglo menos preocupado por las distinciones disciplinares que por la articulación de una investigación de la naturaleza a través de la experimentación, cuyos resultados deberían ser propuestos y discutidos de una forma corporativa.

Otro motivo de atracción de Leibniz es el lenguaje alquímico y la forma de expresar conceptos, elementos o factores extraños a la percepción sensorial del hombre. Es un profunda reflexión sobre la semántica o el modo de verbalizar el conocimiento, que se anticipa en siglos a su tiempo.  Este es el motivo de que Leibniz sea un autor tan aplaudido por los filósofos del siglo XX, desde Bertrand Russell, preocupados por la filosofía analítica, la lógica, la psicolingüística, la epistemología y la filosofía de la ciencia.

Para comprender estas cuestiones hay que adentrarse en su obra, en su visión del universo, de la naturaleza y el modo de poder expresar sus ideas y experiencias. Por ejemplo, su célebre teoría de las mónadas como “centros de fuerza”; su concepción de la substancia como “fuerza” mientras que el espacio, la materia, y el movimiento serían meramente fenomenales; o la relatividad del espacio en función de la percepción. Sólo hombres dedicados a tratar cada día conceptos físicos muy recientes, como la mecánica cuántica o la relatividad, y pensadores que abordan la filosofía analítica con un profundo estudio del lenguaje y el análisis lógico de los conceptos, sólo ellos ponen en verdadero valor las opiniones de Leibniz y entienden su interés por ciencias como la alquimia.

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Autor: José Rodríguez

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