Los Schloss y la Alquimia.

Hoy he estado en el Schloss Neuschwanstein, el castillo romántico por excelencia. El edificio en si y la historia de su construcción son fascinantes.

Ideado por Luis II de Baviera cuando era un niño. Se sitúa al lado del Schloss Hohenschwangau, donde pasó largas temporadas en su infancia, frente a una cascada natural.

Es el sueño hecho realidad de un “rey de cuento de hadas” según sus contemporáneos. Su padre predijo los muchos problemas que tuvo su hijo gobernando, cuando lo definió como “muy introvertido para representar a una nación entera” y como alguien “muy creativo que pasaba mucho tiempo soñando despierto”.

Luis supervisó personalmente hasta el más mínimo detalle de la construcción. Como gran admirador de Wagner, toda la decoración la dedicó a los poemas épicos de la literatura medieval germánica. También hay referencias a los minnesänger o cantores galantes de la Baja Edad Media, como Wolfram von Eschenbach.

Impresionante es la gruta artificial que edificó tras una puerta oculta en su despacho personal. La estancia es una evocación al interior del Monte de Venus de la saga de Tannhäuser. Un modesto conjunto de silla y mesa permite sentarse frente a una puerta de cristal, que da paso a un mirador con una impactante panorámica de la región prealpina.

La visita a este lugar me ha recordado que el Centro de Europa ha sido históricamente una región riquísima en castillos y monasterios con mucha fama alquímica. Se podría hacer una enciclopedia reuniendo decenas de lugares. Dos de las investigaciones sobre las que llevo reuniendo información hace muchos años tienen que ver con este asunto.

Una se refiere a un monasterio del siglo XV, donde un abad dirigía un gran laboratorio para la confección de medicamentos y metales preciosos. Tenía 16 estancias y trabajaban en ella hasta 35 monjes. Fue desmantelado por encontrarlo estampando moneda falsa sin permiso de las autoridades.

Otro caso es el del Schloss Stolzenfels en el siglo XIV, donde el obispo Kuno von Falkenstein montó un verdadero “castillo alquímico”, con varios laboratorios, donde acudían alquimistas de toda Europa. Estaba dirigido por un noble y alquimista alemán. Tenía una gran biblioteca, donde reunían textos de todo el continente y hacían debates entre alquimistas. Tenían un servicio de asistencia a los pobres de la región. Daban limosna y comida todos los días a los necesitados en vecina cuidad de Coblenza, justo al lado del castillo y donde residía el obispo. Su sucesor Werner von Falkenstein continuó con la misma labor. Casi dos siglos después la leyenda de este lugar continuaba. Los nobles locales iban a excavar el castillo porque los lugareños pensaban que Kuno y Werner habían escondido allí grandes cantidades de oro.

Todas estas historias y muchas más que no tengo tiempo de contar, no tienen nada que ver con las boticas monacales o las estancias furtivas montadas por algunos nobles hispanos. Lo más parecido, mucho más tardío y a menor escala, es el taller de destilaciones montado en El Escorial por Felipe II.

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Autor: José Rodríguez

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