El arte simbólico pasado y presente.

A mi mujer le encanta el arte contemporáneo. Este fin de semana me llevó a ver la exposición sobre Maruja Mallo que organiza la galería Guillermo de Osma en Madrid. Ahí, como en tantas otras cosas, somos muy diferentes. Yo soy más clásico, sobre todo de obras renacentistas o medievales.

Casi siempre que me he acercado al arte contemporáneo me he llevado un chasco grande. Valoro su calidad estética, pero generalmente lo veo privado de la profundidad simbólica en un sentido más humano y espiritual a la vez, al modo de un simple canecillo o tímpano del siglo XIII.

Recuerdo la emoción que tenía la primera vez que fui a ver la Sagrada Familia de Gaudí. Esperaba una impresión similar a la que me produjeron las catedrales góticas de París, Amiens, Toul, Reims, Metz o la Sainte Chapelle. Sin embargo no sentí nada así al contemplarla. Me pareció genial su originalidad estética, que te lleva a emocionarte en ese aspecto, pero también sucede algo parecido la primera vez que paseas por el centro de Nueva York, abrumado por sus proporciones. Es un arte impactante, pero carente del halo misterioso, y como trascendente y revelador que se respira, por ejemplo, en un claustro románico.

Este fondo enigmático, digamos que mágico, se desprende también de los programas alegóricos alquímicos más célebres, por ejemplo el Splendor solis, el Buch der heiligen Dreifaltigkeit o el Aurora consurgens del que pongo aquí tres ilustraciones.

Este arte esencialmente figurativo, de estética muy sencilla y directa, es tan crudo como complejo en significados. Difícilmente encuentro algo así en manos contemporáneas. Un caso excepcional es Frida Kahlo, cuyas pinturas pude contemplar el mes pasado en su museo y en el de arte contemporáneo de México.

Son representaciones muy directas y frescas. Cargadas de vivos significados. Complejas y sencillas a la vez. No te dejan indiferente sin necesidad de ser naif, o producto de un rebuscado y vacío simbolismo aparente, frívolo y superficial, empapado de la acomodada, mediocre y pretenciosa intelectualidad de la época que vivimos.

Las obras de los artistas medievales son fruto de personas con una vida dura, ajenas al “estado del bienestar” que nos rodea hoy en día. Es un simbolismo sufriente, cargado de realidad, emanado de gentes golpeadas cada día con la dura cotidianidad que les rodeaba, que les lleva a plasmar lo más carnal y lo más profundo en un mismo tema.

Otra sorpresa positiva me llevé en el Jardín del Edén de Edward James en Xilitla. No sé si de manera consciente o inconsciente, tal vez ayudado por su carácter inacabado, engullido por la frondosa vegetación salvaje y triunfante, cuajado de sonidos selváticos que te hacen agudizar los sentidos y rectificar la mirada a cada momento, vestido con el potente rumor de las cascadas de agua que contiene, o por el hecho de que no es muy conocido y puedes recorrerlo casi en solitario un día entre semana… el caso es que el autor logró un lugar donde te sientes rodeado por algo extraño, arrobador y generador de emociones profundas.

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Autor: José Rodríguez

Amoureux de l'Art!